De hijos a padres

DE HIJOS A PADRES


Fue en la feria de octubre, que días tan maravilloso,
disfrutando con mis hermanas,
ayudándola en el negocio.
Conocí a un joven apuesto,
pequeñito pero hermoso,
simpático por cierto, muy cariñoso.

Nos conocimos en la feria,
quien lo iba a decir,
no es algo muy típico
pero podría ocurrir.

Y ocurrió,
nuestras miradas se cruzaron,
conquistaste mi corazón.
Fue algo increíble,
nunca lo hubiera imaginado,
me sentía marginada,
tú me hiciste revivir.
El ser valorada, admirada y atendida
me hizo ver que había algo más,
que no vine a sufrir.
Ese algo más tenía sentido,
me lleno de alegría,
los días eran diferentes,
y no quería que se terminaran,
tratábamos de vernos,
los días parecían semanas.
Nos veíamos por las tardes,
en ocasiones por las mañanas,
pero antes de irnos
juntábamos nuestras almas.

Uníamos nuestros labios,
fundados en la esperanza,
de que al día siguiente
estuviéramos unidos,
que nada nos separara.
Fueron días preciosos,
pasaron varias semanas
de ahí los meses,
los años llegaban,
hasta que decidimos un día
por algunas circunstancias,
unir nuestras vidas
frente el altar en la plaza.

La plaza de Santa María,
allí en el Sagrario,
junto a nuestros seres queridos
unimos nuestras manos.

Fue el 29 de diciembre
de mil novecientos sesenta y tres.
Hace ahora cincuenta años Capilla.
Quien lo podría creer.
El recuerdo aún lo conservo
plasmado en una fotografía,
un banquito me pusieron
para estar a la altura del día.
Fue motivo de humor
y alguna que otra sonrisa,
pero para ti significaba mucho más,
el día de tu vida.

Que bendición haberte conocido,
que suerte la mía,
formas parte de mi tesoro,
que alegría.

Los tiempos eran difíciles,
el trabajo no era fácil de obtener,
aún así luche aquellos días
para hacer reina a mi mujer.
La cual esperaba a nuestro hijo,
el primero de nuestro querer,
el fruto de nuestro noviazgo,
el sentido de nuestro ser.

Pocos meses después,
el 24 de abril del 64,
nació nuestro hijo Manuel,
de alegría nos llenamos.
Nuestras manos inexpertas
tenían miedo por coger,
su cuerpo tan chiquito,
mi pequeñito Manuel.
Nos daba miedo el perderle,
solo pensábamos en él,
el trabajo no abundaba,
no sabíamos que hacer.

Trabajábamos a destajo,
luchábamos por verle crecer,
estábamos dispuesto a todo,
hasta morir tal vez.
Pero para nada dejaríamos,
que la falta de experiencia
y nuestra juventud,
fuese motivo de fracaso,
haciendo las cosas con amor,
luchando por ella ambos,
conseguiríamos cosas imposibles,
veríamos milagros.

Y así paso,
nuestros primeros días
de padres inexpertos,
que por falta de televisión,
tal vez por aburrimiento,
al cabo de año y medio
trajimos otro churumbel de nuevo.
Fue el 12 de diciembre del 65,
en esta ocasión fue una niña,
ya no estaba solo el Manolito.
De nombre le pusimos Luisa,
un nombre muy bonito
ya teníamos la pareja,
en casa los dos pequeñitos.

Ahora nuestra lucha más intensa,
los gastos crecían,
gracias a los abuelos que
ayudaban, con lo poco que podían.

Pero a pesar de la estatura
y chiquito que parecía
Rafael y Capilla en casa
nunca se aburrían.
11 meses después,
apenas sin descanso,
el 6 de noviembre del 66
Antoñito en nuestros brazos.

Que bendición haberte
tenido en mi vida,
que suerte que tuve,
formas parte de mi tesoro
y ahora nuestros tres hijos
a ello se unen.
Ya éramos 5 en casa,
nuestros hijos y nosotros
aún recuerdo aquel mes de octubre,
que nos miramos el uno al otro.

Aquí hicimos un descanso,
bueno, no por mucho tiempo
al cabo de un año y nueve meses
éramos padres de nuevo.
Salíamos de unos pañales
y nos metíamos en otro,
uno no sabía andar,
y dábamos biberones a todos.

Pero aun así pudimos
a pesar de las dificultades,
mostrar que para amarse
solo falta un detalle,
estar bien unidos, no admitir derrota
y pensar en el futuro.
Olvidar los idiotas que
luchan por las cosas,
las vanidades del mundo,
centrados en sus éxitos,
en elogios y reconocimientos,
sacrificando sus matrimonios,
olvidando a sus hijos,
los cuales muchos piensan
que el darles todo en esta vida
es el deber de un padre,
sin pensar que el día de mañana
quedara solo ante la vida,
sin tener con quien compartir
sus llantos y sus alegrías,
los problemas de su matrimonio
o la falta de sus padres,
pues es ley de vida,
con ello venimos,
que el mismo día que nacemos
tenemos bien cierto,
que sin saber para cuándo,
algún día moriremos.

Pero yo no quiero.
No quiero que esto ocurra
pues en un altar me case contigo,
y parecía locura.
Si, locura de amor,
que hoy por hoy repetiría
y a nadie pediría disculpas.

Ahora te dejo a ti el resto,
quiero que seas tú quien termines esto,
para mí ha sido una bendición,
sigue contando de lo nuestro.

Gracias Rafael, cariño,
ahora seré yo quien continúe.

Después de nuestro Antonio
al año y nueve meses
el 2 de agosto del 68
nos llamaban de nuevo locos.
Ya eran cuatro nuestros hijos.
Nació nuestra Capilla,
dos niñas y dos niños,
que maravilla.
Teníamos dos parejitas
una para cada uno,
aunque de noche,
siempre era mi turno.
El dormía como siempre,
cerraba los ojos y no los abría,
por mucho que lloraran,
nada le despertaría.
Así pasaron muchas noches,
semanas y días,
hasta que el 4 de junio del 72
de nuevo otra alegría.

Esta vez el descanso fue mayor,
bueno solo cuatro años,
la espera mereció la pena,
al tener otro más en mi regazo.

Que lindo mi José,
así fue como le llamamos,
el más vivo de todos,
el más espabilado.
Su cuerpecito tan pequeño,
fue atención de los otros,
sus hermanas pensaban
que era el juguete nuevo.
Ayudaban a su madre,
a cuidar del resto,
ordenar la casa y
velar por lo puesto.
Mi querido no descansaba,
trabajaba de sol a sol,
yo ayudaba en lo que podía,
pero los tiempos eran difíciles,
no era fácil seguir adelante,
la esperanza no la perdíamos,
luchábamos por nuestras ideas,
luchábamos por lo que queríamos.
Era difícil ser madre.

Y 3 años pasaron,
cuando venía otro de nuevo,
la fábrica no paraba,
no era aburrimiento.

Fue el 11 de agosto del 75
cuando nació nuestra Carmen
la última nos dijimos.

12 años pasaron,
de nuestra cita ante el altar,
donde nos prometimos amor,
amor por la eternidad.
Pero cual fue nuestra sorpresa,
al oficiante escuchar,
que la unión de nuestras vidas,
la muerte debía separar.

¿Para qué tanta lucha?
¿Trabajo y sacrificio?
¿Para que la dedicación
de sacar adelante nuestros hijos?
¿Acaso la muerte podrá separar
la unión de dos personas que
se aman de verdad?
No creemos en explosiones,
conocidas como el Bing­Bang,
ni la evolución del hombre
que vino de Neanderthal.
Esta tierra tan hermosa,
con sus paisajes y su mar
no pudo ser el fruto de
pura casualidad.

¡¡Por ello grito al cielo!!

Que es imposible que en esta vida,
el amor sea por un corto tiempo,
con ustedes quiero estar unida,
siempre luchare por ello.
Esto me hizo pensar y vivir con esmero,
luchar por mis hijos,
lo que en esta vida más quiero.

Ahora soy yo la que te digo,
Rafael, cariño.
Que bendición haberte tenido en mi vida
que suerte que tuve,
formas parte de mi tesoro
y nuestros seis hijos a ello se unen.

Con el paso de los años
y con mucha dificultad,
pudimos encontrar
lo que tanto añorábamos,
el matrimonio por la eternidad.

Fuimos hasta Suiza
con todos nuestros hijos,
no queríamos compromisos
temporales,
esperábamos algo más.

La familia que habíamos creado,
la muerte no nos la iba arrebatar,
nuestras manos unidas,
ante el altar,
luego, las de nuestros retoños.
Nos sellamos por esta vida
y por toda la eternidad.

Puede que algunos piensen
valiente tontería.

A ustedes os digo que más vale
vivir con esta esperanza
que no tener ninguna en la vida.

Pues yo no sé ustedes,
pero mi matrimonio es lo
mejor que me ha ocurrido,
mas no quisiera perderlo jamás,
aun ni después de la muerte.
Ahora os digo a ustedes.
Gracias por este día,
en el cual conmemoramos
nuestro quincuagésimo aniversario.
Aquí con nuestros nietos,
yernos y nueras,
os tendré en mi mente
hasta el día que me muera.
Les pido a mis nietos y nietas
que cuiden de sus padres,
yo luche siempre por ellos
y no me arrepiento de nada.
Así a mis nueras y yernos
les pido que me atiendan
y que cuiden a sus parejas
como un tesoro,
pues ese fue el secreto,
que tuvimos nosotros
gracias a ello, estamos hoy aquí
a pesar de las dificultades,
problemas y enfermedades
que nos tocó vivir.

Hijos, son muchas las cosas
que siento en mi interior,
pero no tendría tiempo para ello,
ahora queremos escucharos
a ustedes aprovechad,
es vuestro momento.

Ahora queridos padres,
ahora que nos toca a nosotros,
vuestros hijos,
os agradecemos de corazón
todo lo que por nosotros
habéis hecho, todo lo que habéis sufrido,
lo que habéis luchado,
el trabajo que os hemos dado,
el tiempo que nos habéis dedicado.
Gracias por habernos sacado
a los seis adelante,
por no cortar ese grifo
de hijos constantes.

Nos necesitamos como hermanos,
aunque la distancia nos pueda apartar,
pero sobre todo a quien necesitamos
son a nuestros padres de verdad.
Quienes cada día de su vida
lucharon por nosotros,
haciéndonos la vida más fácil,
empeñasteis vuestro vidas,
trabajasteis como ogros.

Y ahora os lo debemos,
es lo menos que podemos hacer,
disfrutar de ustedes cada día,
y daros de nuestro querer.
Gracias por este día,
gracias por vuestra forma de ser.

Autor: Abel López González.

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